A Villegas lo sacaron de la foto
La historia detrás de una de las fotografías más conocidas del arte colombiano
📍 Bogotá — 1963 ✍️ Gruta Simbólica ⏱️ 10 minutos de lectura
Ahora que el nombre de Armando Villegas brilla con luz propia en las salas del MAMBO con su gran exposición antológica, vale la pena mirar atrás y recordar la imagen de la que fue borrado. Antes de que sus icónicos guerreros y abstracciones llenaran los muros del museo, una tijera intentó recortar al maestro colombo-peruano de la posteridad.
Esta es la historia detrás del encuadre mutilado que definió los celos, egos y tensiones en la edad de oro del arte moderno en Colombia.
En la foto aparecen algunos de los nombres que terminarían marcando la historia del arte moderno en Colombia: Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Guillermo Wiedemann, Eduardo Ramírez Villamizar y Armando Villegas.
Pero esa fotografía que fue publicada en 1963, dentro del libro Seis artistas contemporáneos colombianos, editado por Antares / Alberto Barco, con textos de la crítica de arte argentina Marta Traba, tiene un detalle que pocos conocen.
Resulta que Armando Villegas, uno de esos artistas no salió en la fotografía que finalmente se publicó, a pesar de haber posado para la cámara de Hernán Díaz.
¿Qué ocurrió? Para saberlo hay que regresar a la Bogotá de comienzos de los años sesenta, cuando a Marta Traba se le ocurrió impulsar a una nueva generación de artistas que definirían a los representantes del arte moderno colombiano.
Y fue entonces cuando esa fotografía terminó convirtiéndose en el testimonio de una historia que iba mucho más allá de un simple retrato.
Veamos.
En esta historia descubrirás:
✓ La historia detrás de una de las fotografías más conocidas del arte colombiano..
✓ El papel de Marta Traba en la consolidación del arte moderno en Colombia.
✓ Las noches de artistas, fiestas y encuentros que convirtieron a La Macarena en un lugar de la vida cultural bogotana.
✓ El curioso episodio que hizo que Armando Villegas desapareciera de la fotografía publicada.
✓ La frase que marcó la ruptura entre Villegas y Marta Traba: “El arte queda y los críticos pasan”.
MARTA TRABA Y UN NUEVO PANORAMA

Cuando la argentina Marta Traba llegó a Colombia en la década de 1950, comenzó a ocupar un lugar importante dentro de la escena artística del país.
Fue ella, la que con sus comentarios y críticas se convirtió en una referencia para valorar las nuevas expresiones artísticas que comenzaban a aparecer. Pero Traba no solo se limitó a escribir sobre arte. También se encargó de establecer relaciones cercanas con algunos de los artistas que consideraba fundamentales para esa transformación. Fue así como comenzó a tomar forma un grupo que, años después, sería conocido como “Los intocables”.
El nombre se lo dio el periodista y escritor Fausto Panesso, quien señaló que durante la década de 1970 se había consolidado una especie de culto alrededor de los artistas que Traba había identificado como representantes del arte moderno en Colombia.
Entre ellos estaban Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar, además de otros artistas que formaban parte de aquella renovación.
Venían de diferentes regiones del país. Botero lo hizo desde Medellín. Obregón, ligado a Barranquilla; Grau, a Cartagena; Negret, a Popayán; mientras Ramírez Villamizar era oriundo de Santander. Y esto también resultó importante, porque mientras Traba impulsaba sus obras, el interés por el arte comenzó a salir de los círculos de la capital.
Fue entonces cuando los colombianos empezaron a discutir sobre los artistas, a apreciar sus obras y también a adquirirlas.
Pero antes de que el grupo de “Los intocables” terminara consolidándose, hubo una fotografía. Y para entenderla hay que conocer al hombre que estuvo detrás de la cámara.
UNA FOTO PARA UN LIBRO
En 1962, Marta Traba comenzó a preparar un libro dedicado a los artistas colombianos que, según su criterio, ocupaban un lugar fundamental en el arte nacional de aquel momento.
A la larga, Marta no solo quería mostrar las obras de sus artistas, sino también sus rostros. Por lo mismo recurrió al fotógrafo tolimense Hernán Díaz, quien ya había retratado a algunos de ellos, y ahora tenía otro reto: reunirlos a todos para hacer una gran fotografía.
Con las hojas de contactos en su mano, Hernán comenzó entonces a completar los retratos individuales que faltaban y, junto con Marta, escogió las obras que serían fotografiadas para el libro.
Faltaba reunir a los artistas para una imagen grupal por las calles del barrio La Macarena. Díaz lo logró y fue cuando Fernando Botero, Alejandro Obregón, Enrique Grau, Guillermo Wiedemann, Eduardo Ramírez Villamizar y Armando Villegas posaron para su cámara.
Claro que antes hubo que romper el hielo. Para comprobarlo están las primeras tomas que muestran a los artistas algo rígidos e incómodos frente al lente. Y no era para menos: posar con aquellos trajes formales de paño no parecía ser lo más natural para unos creadores acostumbrados al overol y al ambiente de sus talleres.
Sin embargo, poco a poco la situación cambió, pues entre bromas, complicidades y gracias al carácter dinámico de Hernán Díaz, los artistas comenzaron a relajarse. La sesión dejó de parecer una fotografía formal y terminó convirtiéndose en algo mucho más espontáneo.
No sabemos cuantas tomas hizo ese día Hernán Díaz hasta lograr las 11 imágenes que hacen parte de una hoja de contacto, hoy conservada por la biblioteca del Banco de la Republica. Ahí quedó para siempre, ojalá, la imagen que con el tiempo terminó convirtiéndose en una de las fotografías más conocidas de aquella generación.
Pero con la toma de esas imágenes, la historia de aquella sesión fotográfica no había terminado.
LA MACARENA, UN LUGAR DE ENCUENTRO

La fotografía fue tomada en La Macarena, como ya contamos, un barrio que por entonces era conocido como “La Colina de la deshonra”, un mote impuesto gracias, entre otras razones, a que allí las noches se hicieron largas, muy largas.
En aquel barrio, desde los años 1960, se fueron concentrando artistas que habían conocido otros lugares del mundo y que regresaban a una Bogotá que todavía conservaba costumbres y formas de ciudad provincial. Muchos de sus nuevos inquilinos llegaron con la idea de convertir a La Macarena en uno de esos coloridos y ruidosos lugares del otro lado del Atlántico.
Y precisamente ese contraste hacía especial al lugar, porque mientras Bogotá seguía siendo una ciudad seria y gris, La Macarena se coloreaba con la reunión de artistas, escritores, fotógrafos y otros personajes de la vida cultural. Por ejemplo, fueron ellos los que hicieron de la cafetería El Cisne, el foco intelectual de la época.
Y a pocas calles del barrio, se concentraban los teatros del centro de la ciudad y el cine club del edificio de Radio Sutatenza, donde se proyectaban películas de la Nouvelle Vague francesa y del Free Cinema inglés. Y al salir de las salas de cine, las reuniones, que no siempre eran tranquilas, regresaban a La Macarena.
Aquellas fiestas tenían sus anfitriones: Enrique Grau y Hernán Díaz. Ellos eran los encargados de que los demás artistas terminaran embriagados, disfrazados, maquillados, cantando o recitando poemas.
Claro que todo no era fiesta, porque en una década en la que Colombia experimentaba grandes cambios, ellos hicieron lo suyo buscando nuevas formas de pintar y de entender el arte.
TODAVÍA NO ERAN LOS GRANDES NOMBRES QUE HOY CONOCEMOS

Cuando Hernán Díaz disparó su cámara, muchos de los artistas que aparecen en la fotografía, todavía no habían llegado a convertirse en los nombres que hoy reconocemos:
Fernando Botero, por ejemplo, todavía no había desarrollado plenamente su conocido lenguaje de figuras volumétricas. Enrique Grau experimentaba con un ambiente casi teatral. Guillermo Wiedemann, ya reconocido, había abierto una puerta hacia el exotismo y el modernismo, mientras desarrollaba sus figuras negras del Chocó. La pincelada libre de Alejandro Obregón apenas comenzaba a ser reconocida, mientras Eduardo Ramírez Villamizar ya se destacaba como escultor y dibujante. Y Armando Villegas pintaba y esculpía buscando acercarse al realismo mágico.
No estaban solos, había, además, otro artista que comenzaba a ganar reconocimiento: Edgar Negret, cuya escultura mezclaba elementos indígenas con lenguajes contemporáneos.
Precisamente Negret, sería el artista que terminó entrando en esta historia. Pero no en la fotografía.
Imagen de Hernán Díaz / Biblioteca Banco de la República
| COLOMBIA EN 1963 📍 La masacre de Santa Bárbara — El 23 de febrero, en Santa Bárbara, Antioquia, una protesta de trabajadores del cemento terminó con la intervención del Ejército y la muerte de varios manifestantes. El episodio quedó registrado como uno de los hechos de violencia social más recordados de ese año. 📍 El intento de golpe contra Guillermo León Valencia — El 10 de mayo, un grupo de militares retirados intentó promover un levantamiento contra el presidente Guillermo León Valencia. El movimiento fracasó y sus principales protagonistas fueron detenidos. 📍 La televisión colombiana comenzó una nueva etapa — El 17 de marzo fue inaugurado RTI Televisión, una de las productoras que tendría un papel importante en el desarrollo posterior de la televisión colombiana. 📍 El movimiento estudiantil comenzó a organizarse a escala nacional — En noviembre de 1963 se realizó en Bogotá el Tercer Congreso Nacional de Estudiantes, con delegados de 17 universidades. Allí se dio origen a la Federación Universitaria Nacional (FUN). Ese mismo año, la Ley 65 de 1963 estableció un nuevo estatuto orgánico para la Universidad Nacional. |
SE CAMBIÓ LA FOTO Y NACIÓ LA FRASE

Armando Villegas estaba casado por entonces con la ceramista caleña Alicia Tafur, quien cada año enviaba sus obras para ser consideradas en el Salón Nacional de Artistas, donde Marta Traba tenía un papel decisivo en la selección de los candidatos para aquel espacio.
Y ese terminó siendo el detonante que cambió la relación entre el escultor Villegas y Traba, cuando la obra de Alicia Tafur fue descalificada. A parte de la fuerte polémica entre las dos mujeres.
Pero la situación venía de antes:
Resulta que, para la Bienal de Arte de São Paulo de 1961, Villegas había sugerido a Marta Traba como curadora. Sin embargo, cuando llegó el momento de definir a los artistas que representarían a Colombia, Traba dejó por fuera a Villegas.
La relación terminó de deteriorarse. Y, según el relato recogido sobre aquel episodio, Villegas le dijo entonces una frase que quedaría en la memoria:
“Marta, el arte queda y los críticos pasan”.
Después de aquello, la distancia entre ambos fue definitiva. Y Marta tomó una decisión.
DE PINTORES A ARTISTAS

En consecuencia, Armando Villegas fue apartado del proyecto del libro y de la imagen. En su lugar apareció el escultor Edgar Negret.
También cambió el título, pues el proyecto pasó de Seis pintores contemporáneos colombianos a Seis artistas contemporáneos colombianos.
Y con los cambios, apareció un problema: la fotografía ya estaba hecha, ya los artistas habían posado y Villegas, quien aparecía en aquella fotografía ya no formaba parte del libro.
Lo normal era haber vuelto a tomar la fotografía, pero lo que no era normal, era volver a reunirlos. No fue posible y por eso Edgar Negret nunca apareció junto a los demás en aquella fotografía.
La imagen original terminó siendo utilizada en la publicación de 1963, pero Armando Villegas quedó por fuera del libro y de la foto publicada.

SEIS ARTISTAS, SEIS CAMINOS
Con el paso de los años, aquella fotografía terminó convirtiéndose en mucho más que un retrato. A la larga, fue la placa de una generación que terminó cambiando la manera de entender el arte en Colombia.
Allí quedaron reunidos Botero, Obregón, Grau, Wiedemann, Ramírez Villamizar y Villegas. Con el tiempo, cada uno tomaría su propio camino.
Botero desarrollaría un lenguaje que lo llevaría a convertirse en uno de los artistas colombianos más reconocidos internacionalmente.
Obregón, Grau, Wiedemann, Ramírez Villamizar y Villegas continuarían desarrollando sus propias búsquedas.
Y Negret, que entró en el libro, pero no pudo entrar en la fotografía, también construiría una trayectoria propia.
LA FOTO QUE QUEDÓ
Aquella fotografía es mucho más que seis artistas, que no es poco. Es la representación de una Bogotá que estaba cambiando. Una ciudad donde los artistas se encontraban en cafés, en los cineclubes, organizaban fiestas y discutían sobre arte.
Una ciudad en la que no solo comenzaban a aparecer nuevas formas de expresión, sino también la crítica, capaz de definir quiénes serían los protagonistas de una nueva etapa del arte colombiano.
Décadas después de aquel polémico tijeretazo que pretendía dejarlo en la sombra, la historia del arte termina por acomodar las fichas en su lugar. Hoy, el lienzo completo de su legado no se ve en un negativo viejo, sino en las paredes del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Con la exposición ‘Villegas 100 años’, el MAMBO reúne más de 150 obras que demuestran que a Armando Villegas lo pudieron sacar de una foto, pero jamás de la historia de la plástica nacional. Un plan imprescindible para ver de cerca al genio que no pudieron borrar.”
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