La foto que dio origen a los Taxis Rojos
En 1933 esta imagen, de una lujosa estación de gasolina en Bogotá, sirvió para que Leónidas Lara y su empresa familiar adquiriera una importante flotilla de automóviles, marca Studebaker, con los que creó la que en su momento fue la más importante empresa de taxis de la capital.
Leónidas Lara, oriundo de Yaguará, un pueblo anclado en el centro del departamento de Huila, es considerado uno de los empresarios más importantes de comienzos del siglo XX. Empezó muy joven como comerciante de ganado, café, cerveza y arroz. Montó su primer negocio, ‘Leónidas Lara’, en Girardot, un almacén que en 1913 quedó hecho cenizas tras un incendio que no apagó sus sueños.
Once años después de aquel fuego, Leónidas creó una empresa con sus hijos: Leónidas Lara e Hijos que se dedicó a la exportación de café y a la importación, y ensamblaje de vehículos de reconocidas marcas. Gracias a Lara y a sus hijos, en las calles de las principales ciudades del país se vieron por primera vez los Pontiac, Cadillac y Willys.
Pero antes de que varios de estos carros llegaran al país, el mundo se vio en rojo por la crisis económica que lo atravesó a comienzos de los años 1930. Lara no logró escaparse de aquella dificultad, y entró en quiebra. Su mayor preocupación era la deuda con la casa automotriz Studebaker: no había cómo pagarles. Y fue entonces cuando la foto de la estación de gasolina, de los pocos bienes que se habían escapado a la crisis, resultó la carta salvadora.
La foto entre maletas
Rómulo, uno de los hijos de Leónidas, se casó por entonces – 1933- y viajó a New York a su viaje de bodas con la foto de la estación de gasolina en su equipaje. Por instrucciones de su papá, Rómulo se fue a las oficinas de Studebaker en busca del gerente para mostrarle, en la dichosa foto, el único bien que tenían para pagar la deuda. La estrategia era ganar tiempo hasta lograr las ganancias suficientes con la venta de gasolina y poder zanjar la deuda con la empresa estadunidense.
Tal sería el “carretazo” de Rómulo que no solo consiguió cinco años como plazo para pagar la deuda, también, una flota de 150 carros que tenían a los americanos sin saber qué hacer con ellos. No dio un solo peso para traérselos a Bogotá, esa fue la facilidad que le dio el gerente de Studebaker que a su vez se quitaba el problema que tenía con los carros : todos eran rojos. Sucede que se los había devuelto otro comprador, este también con los números en rojo por la crisis de los años 1930.
Don Leónidas y sus hijos Luis Antonio, Rómulo y Oliverio solucionaron el problema: crearon a Taxis Rojos, la empresa más reconocida de carros públicos hasta pasada la mitad del siglo pasado, y que fue pionera en uniformar a los conductores con kepis y guantes blancos. Una idea que pronto copió Jorge Eliecer Gaitán que como alcalde de Bogotá quiso imponerla a todos los taxistas de la ciudad, a la postre una de las causas que le costó el nombramiento.
La deuda de Leónidas Lara con Studebaker quedó saldada antes de los cinco años. Luego la flota de Taxis Rojos se amplió con otras marcas de autos, algunos adquiridos en la distribuidora Casa Toro, y que recorrieron innumerables kilómetros del país, como aquel Taxi Rojo que en 1937 contrató Alexander Grobe para ir con su esposa desde Bogotá hasta Caracas en una carrera que aún hoy se considera como la más larga que se haya hecho en Colombia. No quedó registro del valor del servicio en ese Studebaker, que era todo un lujo de auto, pero si del récord que hace parte de la historia de los Taxis Rojos. Como referencia de los precios del servicio prestado por los rojos, queda el publicado en los diarios bogotanos en 1935: tan solo cinco centavos por un recorrido de 340 metros en uno de esos “carros distinguidos, con el mayor confort, los de la tarifa más baja y el arranque gratis”.
Otro registro, el de dos pesos, también quedó en avisos de periódico. Fue el valor que se cobró por ir desde la plaza de Bolívar hasta el aeropuerto de Techo y de nuevo volver a la que era llamada la plaza mayor de Bogotá. El motivo: ir a recibir a Carlos Gardel, el gran tanguista argentino que llegaba a la ciudad para presentarse en el Teatro Real el 14 de junio de 1935. La primera de sus 9 actuaciones en ese teatro que se ubicaba en el también desaparecido hotel Granada, y que hicieron parte de las 12 presentaciones del Zorzal en esos 10 días en el argentino enloqueció a los bogotanos. El 24 de junio de nuevo a Techo, y detrás los Taxis Rojos con los cientos de pasajeros que fueron a despedir a Gardel sin saber que en Medellín, al cantante de tangos lo esperaba la parca.
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Leónidas Lara, que en su estación de servicio vivió los disturbios del 9 de abril de 1948, merece varias entradas en esta Gruta porque es mucho lo que hay que contar de este hombre que con su visión comercial le dio un salto gigantesco a la economía colombiana.
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