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José Asunción Silva: el poeta que nunca dejó de hablarle a la noche

Una madrugada de mayo de 1896, en una casa de La Candelaria bogotana, un disparo en el corazón puso fin a la vida del poeta más brillante —y más atormentado— que había tenido Colombia.

Tenía apenas treinta años. Se llamaba José Asunción Silva.

Había revolucionado la literatura del país, sobrevivido al naufragio de sus manuscritos, viajado por Europa y escrito versos capaces de convertir la tristeza en música. Pero nada de eso pareció suficiente para salvarlo de sí mismo.

EL POETA QUE NACIÓ EN LA VIEJA BOGOTÁ

José Asunción Silva nació en la Bogotá de 1865, una ciudad aún fría, conventual y todavía pequeña, donde las montañas parecían encerrar un mundo que apenas despertaba a la modernidad.

El poeta vivió gran parte de su vida en el barrio La Candelaria, entre casonas coloniales, iglesias y calles empedradas que más tarde terminarían apareciendo, transformadas en melancolía, dentro de sus versos. Hoy aquella casa funciona como la Casa de Poesía Silva, uno de los lugares literarios más emblemáticos de Bogotá.

EL NIÑO PRODIGIO


Pero José Asunción Salustiano Facundo, tal era su nombre de pila, no solo fue poeta: también fue un hombre adelantado a su tiempo. Desde muy joven mostró un talento extraordinario al comenzar a escribir siendo apenas un adolescente y que terminaría convirtiéndose en una de las voces literarias más importantes de Colombia.

Con trece años ya era autor de un álbum de versos. Días vitales en los que descubrió su vocación por la escritura y empezó a explorar temas y fórmulas literarias que más tarde definieron su voz y su obra. Durante estos años, escribió poemas como “Primera comunión”, que finalizó cuando tenía diez años, y empezó a desarrollar su gusto por el dibujo y la pintura, según señala un apartado de la Red Cultural del Banco de la República.

LAS AULAS DONDE SE FORMÓ


En ello debió tener influencia sus estudios de colegio, primero en el de Ricardo Carrasquilla y luego en el de don Luis María Cuervo (hermano mayor de don Rufino José y de Ángel), con quien José Asunción entabló una cercana amistad. En esas aulas, las de Cuervo, Silva estudió allí hasta 1876, cuando se cerró; luego pasó al Liceo de la Infancia, dirigido por su fundador, el sacerdote y educador Tomás Escobar.

Ricardo Carrasquilla fue su maestro en el Liceo de la Infancia.

Pese al afecto que le manifestaron sus profesores por su destacado desempeño escolar, Silva tenía problemas para socializar, debido a su marcada sensibilidad, que se hizo patente desde sus primeros años. De esta época datan sus apodos de “el niño bonito” y “José Presunción”: una especie de presagio de lo que padecería durante su adultez, cuando los esquemas culturales y morales de Bogotá lo arrinconaron, se anota en la cuenta de la Red Cultural del Banco de la República

LOS FUTUROS PERSONAJES QUE LO RODEARON


Fueron esas las aulas donde José Asunción, lector desde niño e inmerso en un hogar culto, logró adelantar dos cursos y terminó compartiendo clases con José Rivas Groot, futuro escritor y político; con el futuro pintor Eduardo Espinosa Guzmán; y con Juan Evangelista Manrique, que terminó siendo médico.

Había nacido en una familia sin aparentes apuros económicos, a mediados de siglo XIX, tan solo dos años después de que se promulgara la Constitución de 1863, la misma que cimentó las bases del liberalismo radical, y en lo que entonces se llamaba los Estados Unidos de Colombia.

LA RUINA DEL POETA


Al morir el padre de José Asunción, Ricardo, dueño de una venta de mercancías, Silva se estrelló con una falsa bonanza económica inflada a punta de deudas que el poeta quiso esconder, según testimonios como el de Arias Argáez, uno de sus confidentes: “A pesar de mis estrechas relaciones con José Asunción, jamás me hizo la más leve confidencia al respecto, ni me dejó comprender el pésimo estado de su situación económica. La ruina material parecía venir con celeridad, pero el derrumbe moral le antecedió”

No debió resultar fácil tal situación para el poeta con fama de depurado y exquisito gusto en su obra poética, y al que le gustaba vestirse bien, los cigarrillos turcos y el té chino. Y es que con su quiebra quedaron cancelados sus sueños de suntuosidad y grandeza. Fueron esos los días, de 1892, cuando escribió “Una noche”, su Nocturno más famoso.

EL HOMBRE QUE REVOLUCIONÓ LA LITERATURA COLOMBIANA

José Asunción Silva fue uno de los pioneros del modernismo en Hispanoamérica, movimiento literario que transformó la forma de escribir en español y que más tarde tendría figuras como Rubén Darío. Pero fueron las obras de Bécquer y de Víctor Hugo sus referentes, incluso llegó a traducir las obras del francés cuando este murió, en 1885.  

Así, mientras la literatura colombiana seguía anclada en estructuras rígidas y solemnes, Silva introdujo una poesía más íntima, musical y emocional.

El trasfondo político que transitó durante su vida, resulta clave para entender su actividad literaria y cultural: del Olimpo Radical a la Regeneración Conservadora, con los cambios, crisis y permanencias que trajo cada periodo.

Su obra exploró la tristeza, la memoria, el amor, el desencanto y el paso del tiempo con una sensibilidad poco común para la época.

Bogotá en tiempos de Sila
📍 Nacía Bavaria
📍 La chicha dominaba la ciudad
📍 Bogotá tenía menos de 100 mil habitantes
Entre sus escritos más importantes se encuentran:
El libro de versos
Gotas amargas
Páginas nuevas
Los Cuentos negros
Cartas
De sobremesa, su célebre novela


En total, dejó cerca de 150 poemas, además de cuentos, prosas y notas críticas.

Paradójicamente, nunca alcanzó a ver ninguno de sus libros publicados en vida. Doce años después de su muerte aparecieron las primeras antologías y recopilaciones de su obra, dispersas hasta entonces en revistas, cajones y periódicos como El Heraldo, El Telegrama, El Liberal y Papel Periódico Ilustrado de Bogotá.

SILVA Y EUROPA: UN ESCRITOR QUE SOÑÓ OTRO MUNDO

Buena parte de la sensibilidad del poeta bogotano nació de sus viajes. Metido en ellos pasó temporadas en París, Suiza, Londres y Caracas, lugares donde conoció nuevas corrientes artísticas, literatura simbolista y una modernidad que aún parecía lejana para Colombia.

Fue así como Europa amplió su mirada y transformó profundamente su escritura. Quizá por eso, al regresar a Bogotá, el poeta parecía vivir entre dos mundos: el de una ciudad todavía provinciana y el de una sensibilidad cosmopolita que apenas encontraba espacio en el país.

En Caracas, Venezuela, Silva ejerció de secretario de la delegación diplomática colombiana, enviado por el entonces presidente de la República Miguel Antonio Caro. Parecían soplar buenos vientos para él en el país vecino, pero un enfrentamiento con el ministro de la Legación, el general José del Carmen Villa, terminó con su retiro del cargo diplomático.

EL NAUFRAGIO QUE HUNDIÓ GRAN PARTE DE SU OBRA

Y fue precisamente al regresar de Venezuela, cuando su tragedia empezó a tomar forma, un año antes de su muerte, cuando, el 21 de enero de 1895, el vapor Amérique, de la compañía General Trasatlántica en el que Silva viajaba, encalló en un banco de arena cerca de Bocas de Ceniza, ya en aguas colombianas.



Con el barco se hundieron varios de sus manuscritos.
Entre ellos estaban:


📖 El libro de versos
📖 Los Cuentos negros
📖 Poemas inéditos
📖 Prosas que pensaba publicar

Fue entonces cuando el agua acabó con una parte irrecuperable de su obra, mientras la literatura colombiana vio como naufragaba una buena parte de los escritos de uno de sus poetas más importantes.

Dos meses después, Silva logró regresar a Bogotá, pero nada volvería a ser igual para él. Quienes lo trataron después de su llegada de Caracas dicen haber visto en él hondas señales de preocupación, como Baldomero Sanín Cano quien afirmó que Silva era una auténtica “máquina de sufrir”.

Pese a su condición, José Asunción Silva siguió escribiendo y publicando sus obras.

“Nocturno”: el poema que hizo inmortal a Silva

Si existe una obra capaz de resumir el universo emocional de José Asunción Silva, esa es “Nocturno”.

Considerado uno de los poemas más importantes de la lengua española, convirtió al poeta bogotano en una figura inmortal de la literatura.

En él aparecen la noche, la ausencia, el dolor y la nostalgia convertidos en música:

“Una noche
toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas,
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas…”

En 1995, a punto de cumplirse cien años después de su muerte, el poema y el rostro de Silva terminarían impresos en el billete de 5.000 pesos colombianos, llevando su memoria a millones de manos.


UN DISPARO AL CORAZÓN

La historia de Silva terminó de manera tan dramática como su propia literatura.

Ocurrió que, en la madrugada del sábado 24 de mayo de 1896, con apenas 30 años, Silva decidió darle un portazo a su vida pegándose un disparo en el corazón. La noticia pronto recorrió las calles de La Candelaria donde se escucharon varias razones para el hecho. Se habló de su agobio por una profunda crisis económica, de su estado de depresión tras la pérdida de sus manuscritos en el naufragio.

EL MÉDICO QUE LE SEÑALÓ EL CORAZÓN

Otros contaron que a la víspera se le vio con sus amigos cenando chocolate y almojábanas ofrecidas por su mamá, que recitó “Don Juan de Covadonga”, uno de sus últimos poemas. Y de poemas estaban llenos El libro de versos y De sobremesa, los dos libros que dejó listos sobre una mesa.   

Eso, antes de verse con el medico Juan Evangelista Manrique, su compañero de clases 27 años atrás, y quien, cuentan, le señaló al poeta el punto exacto del corazón donde terminó pegándose un tiro.

ELVIRA, EL DUELO QUE NUNCA SUPERÓ

También la muerte de su hermana Elvira, tras una neomenia que se la llevó en cinco días, fue puesta entre los posibles motivos. Se dijo que Silva estaba enamorado de ella, y no faltó quien recordó que ella y sus amigas habían sido las musas de su primer álbum de versos e intimidades escrito cuando Silva tenía 17 años. No fueron las únicas letras dedicadas a su hermana. Lo cierto es que a Silva le costó levantarse de la cama tras el sepelio, y cuando volvió a sus negocios no tenía en caja los seiscientos pesos que había costado el funeral.

Unos y otros rumores hicieron parte de los hechos que conmocionaron a la sociedad bogotana de la época. Pero hubo más, esa tragedia, a la larga, terminó adquiriendo un tono aún más perturbador con el paso del tiempo: en su novela De sobremesa, Silva había descrito con precisión cómo alguien podía suicidarse mediante un disparo al pecho. Entonces, muchos encontraron allí una especie de presagio; otros, el reflejo de una mente atrapada entre el genio y la desesperación.

Su cuerpo, que no cupo en el ataúd por la rigidez del cuello tras el fallecimiento, se escribió, permaneció cerca de 40 años en el cementerio de suicidas, y sólo hasta 1937 fue trasladado al Cementerio Central, donde reposa junto a su hermana Elvira.

EL POETA QUE LA GRUTA SIMBÓLICA NUNCA OLVIDÓ

Para los integrantes de la histórica Gruta Simbólica, José Asunción Silva fue mucho más que un escritor admirado: se convirtió en uno de sus grandes referentes intelectuales y literarios.

En él encontraron algo poco común para la época: una literatura rebelde, moderna, sensible y profundamente humana.

Tal vez por eso, más de un siglo después, Silva sigue pareciendo un contemporáneo.


130 AÑOS DESPUÉS, TODAVÍA LE SEGUIMOS HABLANDO A LA NOCHE

Han pasado 130 años de la muerte de José Asunción Silva, pero Bogotá todavía parece conservar algo de su presencia.

Quizás en las noches frías de La Candelaria, o en el eco de un poema aprendido de memoria. O tal vez en la certeza de que algunos escritores nunca terminan de morir.

Porque si alguien logró enseñarle a Colombia que la tristeza también podía escribirse con belleza, fue José Asunción Silva.

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