La popular, la primera Feria del libro
Debió salir tarde de su servicio y sin el tiempo suficiente para despojarse de su uniforme color “kaki verde”. Aquel policía que corría de forma apresurada por los pasillos del San Francisco, de estantería en estantería, donde se mostraban de manera improvisada cientos de libros, hizo varias veces la misma pregunta y las mismas veces recibió igual respuesta:
– ¿Tiene usted Aura o las violetas?, preguntaba con afanada voz.
– Se ha agotado, contestaban los vendedores de libros.
No era una novela policial la que buscaba el uniformado, se trataba de la primera de José M. Vargas Vila, el escritor bogotano que solía narrar situaciones eróticas, alejadas de los cánones literarios y morales establecidos para su tiempo, y quien tres años atrás había muerto en Barcelona (España), tras sufrir del cuerpo y del alma, se contó, después de escribir cerca de cien libros, entre ellos, Aura y las violetas, la obra más vendida por esos días en Bogotá.
Sucede que antes del Bogotazo (1948), doce años antes, Jorge Eliecer Gaitán, como alcalde de Bogotá, inauguró la primera Feria del Libro en la ciudad. No era internacional, era, como así se llamó, una feria popular: la Feria Popular del Libro. Aquella iniciativa de Gaitán inició el sábado tres de octubre de 1936, y entonces, a los empleados de la capital se les dio el día libre y a los estudiantes se le citó. Había una razón: pasar el día en el palacio de la Gobernación buscando libros a bajo costo.
Junto a los empleados, obreros y estudiantes, quienes buscaron en la feria algún libro con la única excusa de entretenerse, llegaron los lectores “caracterizados de intelectuales”, como se les llamó en el diario El Tiempo. Estos, con el ceño adusto y el talante solemne, se acercaron a los puestos de los libreros, ojearon humildes ediciones, “les hicieron un mohín de desprecio y de disgusto, y, por último, compraron un diccionario castellano en dos o tres pesos”, se describió. Junto a las “damas, caballeros, modistillas y caballeretes, policiales, niños y viejos, gentes de todos los matices”, llegó la música que reseñaron los periódicos, como las trifulcas que se dieron en otras calles de la ciudad.
Pero antes, a las 11 de la mañana, desde aquel Palacio, hoy de San Francisco, ubicado en la Avenida Jiménez, entre la Carrera Séptima y la Octava, Jorge Eliecer Gaitán inauguró la Feria, mientras alrededor de la estatua del presidente José Vicente Concha (1914-1918), en el patio donde luego se vio correr apresurado al policía, se ubicó a los niños de los colegios y a cientos de personas para que escucharan al alcalde, mientras el resto de los asistentes buscaron lugar en los corredores y pasillos del edificio diseñado, en 1917, por el arquitecto y escritor francés Gastón Lelarge y el bogotano Arturo Jaramillo Concha quien pronto le dejaría a su ciudad una Basílica en lo más alto del cerro de Monserrate.
El alcalde Gaitán, acompañado por miembros de su gabinete, de los señores ministros de Argentina, Ecuador y Cuba, pronunció un discurso declarando abierta la Feria y haciendo un llamado a la misma para que los bogotanos colaboraran con la cultura popular. Ese momento se hizo imagen que al siguiente día público en primera plana El Tiempo. Terminado el pronunciamiento, la banda de la Policía Nacional se arrancó a tocar, lo que no dejó de hacer hasta pasada la una de la tarde.
Tras escuchar al gobernante, los del pueblo, los “caracterizados de intelectuales” y los del gabinete, se fueron en busca de los espacios que acondicionaron las diferentes librerías para mostrar sus mercancías. Algunas como El Mensajero, se llevó su aviso electrónico en cubos con las letras de su nombre para iluminar miradas. Otras librerías que formaron parte de esa primera iniciativa cultural fueron: La Colombiana, La Mundial, Rajul, Santa Fe, La Grecia, Española de Porras. Hubo más, La Nariño, Médica, Renacimiento, entre otras. También la 1936, propiedad del poeta mexicano Gilberto Owen, entonces radicado en Bogotá. Editoriales como Minerva y la de Humberto Coti se hicieron presentes. No faltaron a la cita con la cultura, las publicaciones de la revista Cromos y las del diario Mundo al día.
Entonces, se hicieron largos los desfiles de lectores frente a las estanterías de libros, como extensas fueron las notas musicales, pues a las seis de la tarde otra banda, la Departamental, interpretó su mejor repertorio y no guardó sus instrumentos hasta pasadas las primeras horas de la noche, pues era imposible parar el baile en el que se convirtió la feria, lo que molestó a encopetadas señoras.
La cultura de La Pola
Otra cosa bien distinta era lo que ocurría en otras calles de la ciudad, en las que se hizo alarde de otra cultura, esta de carácter nacional, la de levantar el codo para beber cuanta “pola” permiten los bolsillos. Así fue como muchos, ya con la bebida en sus cabezas, se dieron a la riña y a la trifulca, como ocurrió en el paseo Bolívar con calle 16. Otros, quien sabe si aprovechando la feria, pasaron revista a la infidelidad, como lo hizo un tipo de apellido Nieto, quien, para su mala fortuna, fue emboscado por sus dos amores teniendo que enfrentar no solo la ira de sus dos enamoradas sino también la de sus respectivas comitivas dispuestas a salvar el honor de sus familias. Todos terminaron en el calabozo.
Y larga debió resultar la noche para los que tomaban las denuncias en La Permanente, hasta 60 casos sangrientos llegaron a ella, ninguno mortal, que se sepa. Y entre los heridos de ruana, se vio a tres miembros de la Artillería Primera de Bogotá. Sucede que los uniformados andaban metidos en una cantina “echando pola”, en la calle Tercera, y grande debió ser el escándalo que montaron, que los vecinos tuvieron que llamar a otra autoridad, la de la Policía. Y fue ahí, cuando soldados, policías y las mujeres de la cantina, armaron un nuevo alboroto al que no le faltó la sangre. En todo caso, algo menor si tenemos en cuenta otro hecho, el sucedido dos calles más al norte, en la Quinta. Allá, el policía Rafael H. Martínez se paró frente a una casa en la que se escuchaba a una pareja discutir. Ángel y María se llamaban, eso sí, andaban alejados de la santidad que se pudiera esperar de sus nombres, más bien cercanos al demonio y al alcohol. Y endemoniados y borrachos salieron a la calle, hechos las fieras que se lanzaron encima del policía. Ella lo agarró por el quepis, y de un momento a otro clavó en el ojo derecho del agente un lápiz de tinta, mientras Ángel, a golpes, remataba la cruel obra.
Algo de culpa debió tener la Chicha, o eso se puede deducir de la masiva que algunos padres de familia le enviaron a Eduardo Santos, entonces director del diario El Tiempo, donde la carta fue publicada: “Confiados en su benevolencia, volvemos a molestar su atención suplicándole hacer publicar esta pregunta: ¿Por qué no se han cumplido por la Dirección Municipal de Higiene la ordenanza número 25 del presente año, por medio de la cual se retiran los terribles expendios de chicha del centro de la ciudad?”.
De todas maneras, hechos menores comparados con los provocados por los llamados bandoleros en el interior del país. Eso de puertas para adentro, porque afuera, en Europa, España ardía por cuenta de la Guerra Civil desde hace tres meses, mientras en Alemania Adolf Hitler, ya autoproclamado líder y canciller imperial, ese día lanzó un nuevo decreto con el que obligó a los hombres a trabajar para el Servicio de Trabajo del Reich, a pocos años de iniciar la Segunda Guerra Mundial. Un preludio de los tiempos que estaban por llegar a Colombia, los de la Violencia.
El domingo la Feria continuó y se prolongó hasta el lunes en diferentes instalaciones: en el palacio Liévano, en el por entonces palacio de Justicia, en el Capitolio, en el pasaje Rufino José Cuervo. También en la Estación de la Sabana y en la del Ferrocarril, entre otros lugares. Y en las calles, donde los libros tenían descuentos. A esos lugares debió haber llegado la señorita que trabajaba en la telefónica, preguntando por Las Memorias de Casanova, la autobiografía del libertino, aventurero y viajero veneciano Giacomo Casanova; o algún joven, aún con pantalón corto y fruncido en las rodillas, intentando conseguir Las Aventuras de Búfalo Bill. Ellos y otros, debieron ojear docenas y más docenas de libros, antes o después, de haberse dado una vuelta por la plaza de las Nieves que, por mandato del alcalde Gaitán, ahora lucía impecable, como sus arrendadores quienes con delantales como uniforme mostraban, ahora, una buena higiene personal.
47 mil libros vendidos
Se vendieron, contaron las fuentes de aquellos días, 47 mil libros durante los tres días de feria. Al parecer, el aviso luminoso de la librería El Mensajero tuvo éxito, pues fue la que más ejemplares vendió: medio millar de clásicos españoles se contaron en las estadísticas de la Feria. Arturo Suárez Dennis, el escritor romántico nacido en Filandia (Quindío), vendió por cantidades su obra Rosalba, y en pocas horas se esfumaron los ejemplares de Aura o las violetas del escritor Vargas Vila, (quien sabe si el policía logaría encontrar alguno). El Marxismo y la Psicología fueron los temas más buscados por los cientos de visitantes que llegaron a la Feria, algunos, quizás, con algo de los 100 mil pesos mensuales que por entonces sorteaba la Familia Lara, entre los que usaban el servicio de sus Taxis Rojos. Faltaban, por entonces, 14 años para que el salario mínimo en Colombia se estableciera, esa primera vez, con 90 pesos mensuales.
Era esa Bogotá, una ciudad con cerca de 300 mil habitantes, y en la que por esos días se nombró a César Ordóñez Quintero como Inspector Municipal, para ejercer funciones sobre una “Ciudad Desconocida”, la misma a la que se empezó a reconocer como la de los “barrios del sur”, que, con 30 mil habitantes, en su mayoría obreros y humildes, esparcidos en El Vergel, Santa Lucía, Quiroga, y el Luna Park (hoy Restrepo), entre otros, se sumaron por esos días a las cuentas de la Capital.
No sabemos si de aquellos “barrios del sur” llegaron visitantes a la Feria, pero si del éxito de la misma a pesar de “haberse organizado con vertiginosa prontitud que ya es proverbial en todos sus actos de gobernante”, se le recriminó a Gaitán en El Tiempo. “La feria del libro no alcanzó casi a ser una idea, no tuvo, en rigor, calidad de proyecto por la distancia mínima que existió entre esbozo y realización, y entre palabras y hechos. Apenas sí se alcanzó a pensar en la Feria del Libro cuando ya estaba ahí, a la vista de todos, para satisfacción de todos, inclusive de quienes, sin visitarla, se formulan un diagnóstico de última hora completamente equivocado”, prosiguió el editorial del diario bogotano.
En todo caso, aquella Feria Popular del Libro a la que todos tuvieron que llegar bañados, sin alpargatas y sin ruana, como lo había dispuesto el doctor Gaitán, fue la primera que reunió a cientos de bogotanos alrededor de los libros y el génesis de una celebración – interrumpida, como la mayoría de las causas del caudillo liberal-, que hoy es internacional, y que ya llega a su 37ª edición, como la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
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