Lectura Dominical

Armero, una tragedia anunciada

Bastaron 5 minutos para que un alud convirtiera a Armero en una inmensa playa de fango y en la tumba más profunda del mundo.

Ya el reloj había señalado las 11 de la noche, del 13 de noviembre de 1985, cuando el volcán Nevado del Ruiz dejó de amenazar y explotó, dejando sumida a Colombia en su peor tragedia natural, la misma que acabó con, por lo menos, 24 mil mortales, según indican cifras oficiales. Una tragedia anunciada y no solo atribuible a la mano de Dios, como decimos los colombianos para regalarnos algún consuelo, ni a la maldición que 37 años atrás un cura lanzó sobre Armero, y que por esos días cobró vigencia. Dirán que Dios inventó los volcanes, pero es responsabilidad del hombre evitar sus efectos desbastadores. “La furia de la naturaleza y la estupidez del hombre”, señaló por esos días Daniel Samper Pizano en el diario El Tiempo.

El alcalde, el cura y el representante

“Armero quedo arrasado casi al ciento por ciento”. Esas palabras dejaron fríos a los que las escucharon a través de la radio. Poco llevaba al aire la emisión del programa 6 a.m. – 9 a.m., el 14 de noviembre, de Caracol radio, cuando Fernando Rivera, un piloto de avión de fumigación que había sobrevolado Armero, le comunicaba el país la tragedia: “Eso quedó todo lodo, borró casas, borró todo, todo, todo, desapareció todo el mundo”. La incredulidad de Yamid Amat era notoria; parecía una exageración lo que contaba Rivera. “No se ve ni el hospital ni iglesia ni gente”. En efecto, Colombia, ese 14 de noviembre de 1985, amaneció con un municipio menos.

Pocos minutos después de que el país escuchara las declaraciones de Fernando Rivera, un helicóptero aterrizó sobre la terraza del que había sido el hospital del pueblo. Del aparato se bajó Germán Santamaría, el cronista de El Tiempo, y el fotógrafo del mismo diario. Ellos comprobaron que lo que había relatado el piloto a sus colegas de Caracol radio, no era para nada una exageración. Desde aquella terraza, convertida en primer piso, pues a los dos que si lo eran se los había tragado el lodo, vieron como a su alrededor salían brazos del lodazal pidiendo ayuda. Como pudieron sacaron a algunos de los sobrevivientes, grises y tiesos como zombis, y los treparon a la nave que los llevó rumbo a Nérida, mientras cronista y fotógrafo miraban la dantesca escena en que se había convertido Armero.

Tragedia anunciada

Un año antes, en noviembre de 1984, el volcán dio señales cuando incrementaron sus fumarolas, y fue entonces, cuando la actividad sísmica prendió las alarmas entre los geólogos y estudiosos del volcán. El 22 de diciembre de ese mismo año se presentaron varios sismos que, si bien no causaron daños importantes, si lograron generar inquietud en Manizales.

A comienzos de 1985, fueron varios los profesionales que se agruparon para hacer los primeros estudios sobre la reacción del nevado del Ruiz. La organización cívica contaría posteriormente con el respaldo del entonces Instituto Nacional de investigaciones geológico, hoy servicio geológico colombiano, el Instituto geográfico Agustín Codazzi y la oficina de Naciones Unidas para prevenciones de desastres.

Ya por marzo, se instalaron cuatro geófonos que constituyeron la primera red sismológica del volcán y se planeó la realización de un mapa de riesgos, pero este solo estuvo listo en octubre. Luego llegaron científicos extranjeros quienes fueron convocados para evaluar la situación del nevado y todos coincidieron en alertar sobre una posible erupción. Y los estudiantes de la Universidad Nacional detectaron que, en caso de presentarse un lahar, el deshielo se produciría hacia el lado del Tolima, por ríos y quebradas. Fueron ellos, los estudiantes, los encargados de liderar conferencias preventivas en ciudades como Pereira y Manizales. A la larga, estas reuniones no resultaron suficientes porque la tragedia terminó tomando por sorpresa a los armeritas.

Como vemos, esa tragedia estaba anunciada, de eso se habían encargado, además, varias voces. Una, la de Hernando Arango Monedero, entonces representante a la Cámara por Caldas. Él, Junto a su colega Guillermo Alfonso Jaramillo, el 24 de septiembre de ese 1985, pidieron en debate al gobierno del presidente Belisario Betancur que se adoptaran medidas de prevención para evitar una tragedia. No fue atendido el llamado, e incluso, según contó Arango Monedero a Red+, algunos medios contaron con escepticismo y cierta burla su debate: “La periodista Daisy Cañón, del noticiero 24 horas, dijo que en el Congreso se llevaba a cabo un insulso debate acerca del volcán del Ruiz”.

Otra voz fue la del cura del pueblo, Augusto Eblin Osorio Gallego, quien dos noches antes de la tragedia imploraba ayuda a través de RCN radio. Claro que luego, cuando el pueblo se cubría de ceniza, ese 13 de noviembre, y la gente buscó refugio en la San Lorenzo, la iglesia principal, el padre dio su última misa para luego huir sin sus fieles.

Ramón Antonio Rodríguez, el alcalde del pueblo

Pero la voz más insistente fue la del alcalde de Armero, la de Ramón Antonio Rodríguez Robayo, quien, por septiembre, buscando atención para su pueblo llegó hasta la redacción de El Tiempo. Fue ahí, cuando buscó a Germán Santamaría para contarle: “Es que aquí a unos quince kilómetros de Armero tenemos una bomba de tiempo, pues el río Lagunilla se represó hace más de seis meses y si explota el Nevado del Ruiz, como dicen, entonces Armero va a poner los muertos, porque la avalancha del deshielo rompe la represa y nos destruye a todos”. Esas fueron más o menos las palabras de Ramón Antonio Rodríguez, tal cual lo contó Santamaría en el diario el 24 de noviembre.

A Germán Santamaría se le cruzó el terremoto que sacudió a ciudad de México, el 19 de septiembre, y no pudo acudir a Armero como se lo había prometido al alcalde Rodríguez. Viajó, entonces, Carlos Osorio, el redactor del diario capitalino. Alcalde y periodista, contó Santamaría, se fueron a “la vereda El Cirpe, en el municipio del Líbano, allí donde un derrumbe había caído sobre el río y había formado una enorme represa. Detrás de gigantescas rocas, se formaba un embalse de aproximadamente 50 metros de ancho, cerca de 900 metros de largo y no se sabrá jamás cuántos metros de profundidad”.

El joven alcalde le explicó largamente al enviado de El Tiempo, “el peligro que se cernía sobre deshielo en el Nevado del Ruiz, la avalancha de las aguas reventaría la represa, donde se hallaban almacenados aproximadamente un millón de metros cúbicos de agua. Los muertos los pone Armero”, repitió Rodríguez, y así lo redactó Germán Santamaría, el mismo periodista que contó la historia de Omayra Sánchez, la niña de 13 años, quien atrapada entre escombros murió simbolizando la tragedia.

La batalla del alcalde por su pueblo no paró ahí, tal lo siguió contando Santamaría en El Tiempo: “A partir de entonces Ramón Antonio Rodríguez Robayo comenzó una batalla solitaria que refleja la lucha de un hombre impotente para detener el genocidio que se venía sobre su pueblo”.

Un mes después, Ramón se apareció por la casa de Santamaría. Llevaba en la mano la novela ‘Bajo el Volcán’, esa novela escrita por un escritor de lengua inglesa sobre Latinoamérica, específicamente sobre México y acerca de la liturgia de la muerte que los volcanes pueden irradiar sobre la naturaleza y sobre los hombres. En efecto, ya Ramón Rodríguez se había leído todo lo que había podido conseguir sobre los volcanes y remataba con la gran novela de Malcom Lowry.

Se le veía apesadumbrado, triste, contó Santamaría del alcalde que le relató la amarga experiencia de su lucha para convencer al gobierno departamental de que aquella represa era una bomba de tiempo que amenaza a todo el valle de Armero.

Contó, también, que durante una reunión en Ibagué con el gobernador del Tolima, Eduardo Álzate García, y varios secretarios del despacho, el alcalde les había propuesto la necesidad de evacuar a Armero. “Se rieron todos de mí“, comentó allí con la novela ‘Bajo el Volcán’ en la mano. También relató que el gobernador Álzate García había asistido a una reunión en Armero, donde también estaban presentes el representante a la Cámara por el norte del Tolima, Guillermo Alfonso Jaramillo, y los más destacados dirigentes cívicos de la ciudad. 

Publicado quedó que durante la reunión se había presentado un altercado. Sucedió que cuando todos los presentes, incluido el alcalde y Guillermo Alfonso Jaramillo, trataban de convencer al gobernador que era necesario, en primer lugar, dinamitar la represa y en segundo comenzar un programa de educación en la ciudadanía, enderezado a preparar a todo el mundo para una posible evacuación, el gobernador intentó abandonar el recinto. No lo hizo, porque afuera había centenares de personas esperando el resultado de aquella reunión, en la cual supuestamente se decidía el destino de Armero.

También allí ojeando la novela de Lowry y bebiendo tinto, Ramón Antonio sostuvo: “Dinamitar la roca que sea necesaria y construir los canales de desagüe para bajar la represa no vale más de diez millones de pesos, pero el gobernador dice que el departamento no tiene plata para eso’”.

Pero el alcalde, lejos de rendirse seguía implorando ayuda, en la Gobernación del Tolima, al Ministerio de Obras Públicas y hasta con el Batallón Patriotas de la vecina Honda, y claro, a través de la máquina de escribir de Germán Santamaría.

Pasados los días, de nuevo Santamaría escucho la voz del alcalde Ramón Antonio Rodríguez: ‘Aquí seguimos esperando que estalle esta bomba de tiempo’, dijo, y contó de inmediato que estaba muy cansado. “Siempre me acuesto a la una o dos de la mañana porque estoy dándole a la radio“, comentó, al relatar que se trasnochaba con su aparato de radioaficionado, tratando de entrar en contacto con otros radioaficionados. “Cuando explote la bomba y se nos venga el Lagunilla tal vez la única forma de salvarnos sea pidiendo auxilio por este aparato“, dijo.

—¿Y qué le dicen en el gobierno departamental? —le preguntó Santamaría por el teléfono.

“Entonces con discreción, con la agudeza a que obliga la lealtad, trató de explicar que no encontraba eco en ninguna parte. Pero lo que intentaba decir era lo que ya sabían todos sus amigos: le habían prohibido que hablara de esa ‘cosa’ de Armero, relató el periodista de El Tiempo.

Otro paisano del alcalde contó: “Cuando Ramón Antonio Rodríguez llegaba al edificio del Mango en Ibagué y se encontraba con el gobernador Álzate García, este le decía: ‘No me vaya a hablar de ese asunto de Armero porque no tengo tiempo”.

Entonces solo, ‘callado’ a la fuerza, Ramón comenzó a tocar otras puertas. Como un simple espectador más, asistió al debate que hicieron en el Congreso de la República a principios de octubre los parlamentarios Hernando Gómez Monedero, de Caldas, y Guillermo Alfonso Jaramillo. Escuchó en silencio cómo Gómez Monedero y Jaramillo Martínez describían con pasmosa premonición lo que iría a suceder sobre Caldas y sobre el Tolima. También escuchó, en silencio, las inconsistentes respuestas de los ministros, especialmente la de aquel que se atrevió a decir que más daño hacían esa guerra de rumores que las cenizas que pudiera arrojar el volcán durante una erupción.

Al final del debate, celebrado el 24 de septiembre, casi dos meses antes de la tragedia, Ramón llamó de nuevo al cronista: “Se jodió el pueblo, porque ni el gobierno del Tolima ni el de Bogotá creen que esto es serio”, comentó. Al día siguiente, escribió Santamaría, “en un almuerzo ligero, el alcalde, angustiado, mostró lo único que había logrado en su campaña para defender a Armero: un puñado de recortes de prensa donde se denunciaba el peligro de la represa y también varios videos con las grabaciones de los informes de televisión que, por invitación suya, habían pasado los noticieros de Bogotá”.

A Ramón Antonio Rodríguez, sin abandonar el barco, le llegó la última noche, como siguió contando Germán Santamaría: “Prácticamente abandonado por todos, menos por el parlamentario Guillermo Alfonso Jaramillo quien lo secundó en la campaña de denuncia y que estuvo a su lado hasta el final cuando lo buscó por entre los escombros de la ciudad, Ramón Antonio Rodríguez se dedicó a perfeccionar su equipo de radio, como previendo que esa sería su última comunicación con la vida y con el mundo“.

En la noche del siniestro, el miércoles 13, cuando pasó la lluvia de ceniza y pasó también la de agua y comenzó la de arena, Ramón Antonio Rodríguez efectuó sus últimas cuatro llamadas. La primera fue hacia las siete de la noche, a su hermana Lorenza. Después, llamó al director de la Cruz Roja en el Tolima; al corresponsal de El Tiempo en Ibagué, Arnulfo Sánchez López, y también a su novia de siempre, Aurora Arias.

A Aurora, le dijo, a las once de la noche, que la situación estaba muy grande y que era necesario evacuar el pueblo. “¿Por qué no te vienes ya para Ibagué?”, le preguntó ella. Ramón respondió: “No, tengo que ayudar a salir a toda esta gente y me va a tocar salir de último”.

Después vino la que será una conversación célebre entre los radioaficionados de Colombia. Fue cuando se comunicó con el director de la Cruz Roja y al finalizar la descripción de la situación, afirmó: “Se nos entró el agua”. Entonces la señal se cortó, y Armero, como la voz de Ramón Antonio Rodríguez, se ahogaron para siempre.

****

A pesar de las múltiples advertencias, entre ellas las del incansable alcalde Antonio Ramón Rodríguez, las autoridades locales no se pudieron preparar para atender una emergencia de esta magnitud y pidieron calma a los pobladores en vez de Iniciar una evacuación.

El drama quedó atrás para quienes murieron. En cambio, la tragedia apenas comenzaba para los sobrevivientes. En estado de shock, semidesnudos, cubiertos por una espesa capa de fango que les fue secando y semejando a momias, heridos de gravedad, muchos mutilados, tuvieron que enfrentar con el paso de los días una nueva tragedia. Esa de buscar a sus familiares, de saberlos desaparecidos, de no encontrar a sus hijos menores de edad, muchos vistos en las carpas de rescate y luego nuevamente desaparecidos. De enfrentar a ladrones, incluso cuando estaban enterrados en el lodo, de hasta verlos caer por las balas de la policía cuando intentaban huir. Una tragedia que parece no acabar, una herida que aún sigue abierta.

*Reservados todos los derechos. De acuerdo con las disposiciones vigentes sobre propiedad intelectual, podrán citarse fragmentos de esta página, caso en el cual deberá indicarse la fuente de la siguiente manera: Tomado de www.grutasimbolica.com siempre y cuando tales citas se hagan conforme a los usos honrados y en una medida justificada por el fin que se persiga, de tal manera que con ello no se efectúe una reproducción no autorizada de la obra citada.

Fuentes:

https://redmas.com.co/amp/colombia/habla-el-politico-que-predijo-la-tragedia-de-armero-cincuenta-dias-antes-de-la-avalancha-me-dijeron-apocaliptico-20251113-0022.html

La tragedia anunciada, El Tiempo, edición del 24 de noviembre, pagina 9A.

Libro: 1985, Colombia y el mundo.