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Horror en el Palacio de Justicia

“No se derramará una gota de sangre durante mi gobierno”, eso dijo Belisario Betancur en su discurso del 7 de agosto de 1982 durante su posesión como presidente de Colombia. Lejos estaba de imaginar aquel hombre nacido en la población antioqueña de Amagá, que tres años después se vería enlodado en uno de los capítulos más cruentos de la historia del país: la toma del Palacio de Justicia por parte del grupo guerrillero Movimiento 19 de abril M-19 y la posterior retoma por parte del Ejército. Y eso que Belisario había llegado a Palacio con la intención de acabar con el conflicto armado por medio de un proceso de paz que no llegó.

Sucedió que el miércoles 6 de noviembre de 1985, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia. Debian rondar las 11 y media de la mañana de ese día cuando Caracol Radio interrumpió su transmisión habitual para informar que la guerrilla se había tomado aquel Palacio. Casi de inmediato, el país se paralizó ante los radios y, pocos minutos después, frente a un televisor. Otros, los que trabajaban alrededor del centro bogotano, se fueron a ver en vivo y en directo lo que mostraban los noticieros y a escuchar esa “balacera terrible” que contó el periodista Juan Carlos Rincón de Caracol Radio. Se encontraron con una ofensiva violenta y sin medida por parte de la guerrilla en contra de un Gobierno que se negó a negociar, lo que dejó como consecuencia un centenar de muertos, más los desaparecidos y una herida que no cierra.

Cuatro meses atrás, se supo después, el grupo insurgente había iniciado el plan de la toma del Palacio bajo órdenes de Álvaro Fayad al mando del comando Marino Ospina. A dicha operación la marcaron los comandantes en sus libretas como: “Antonio Nariño por los derechos del hombre”, con la que esperaban emular en resultados a la toma que la misma comandancia habían realizado en la embajada de República Dominicana, en 1980. Con ese antecedente como impulso, 35 guerrilleros se metieron en el corazón de la justicia colombiana en busca de sus “derechos”.

Primero fueron siete los insurgentes que, comandados por Alfonso Jacquin, se metieron al Palacio de Justicia haciéndose pasar por estudiantes y abogados, y quienes luego de pasar por debajo de esa pared donde se leía, “Colombianos: Las armas os han dado Independencia, las leyes os darán libertad” – esa proclamación que un día soltó Francisco de Paula Santander- se dieron a la tarea de distribuirse por los distintos pisos de la edificación.

Mientras, afuera, según se relata en el libro Testigos, de Caracol Radio, en la calle sexta Sur con carrera octava, otro grupo, este bajo órdenes de Luis Otero, esperó la llamada de Alfonso Jacquin para entrar en acción. Una vez dada la orden, tres carros se acercaron al sótano del Palacio de Justicia. contaron testigos de los hechos, que de un camión, que entró a la fuerza por el parqueadero y del que salían disparos, se bajaron los 28 subversivos que rápidamente se fueron en busca de sus compañeros con la misión de tomar como rehenes a los 24 magistrados de la Corte Suprema de Justicia que serían la garantía para una negociación que nunca llegó. Entre otras cosas, porque las Fuerza Armadas casi de manera inmediata reaccionaron y acordonaron la Plaza de Bolívar, dispuestos a repeler la toma a como diera lugar.

La arriesgada misión del M-19 no tenía antecedentes: realizar un juicio político a un presidente de la República. Señalaron a Belisario Betancur de haber roto la tregua -cese bilateral al fuego- firmado en Corinto, Cauca, un año atrás, el 24 de agosto de 1984. Pero había más, demandaba el M-19 la publicación de las actas de la comisión de verificación y el texto de la proclama del grupo guerrillero, así como la presencia de un delegado del Gobierno, un miembro de la Cruz Roja y un periodista.

Nada les fue posible durante los dos días que duró la toma. Lo que si les llegó, fue la respuesta de Ejército en forma de cuatro tanques cascabel que entraron por la puerta principal del Palacio por orden del presidente Betancur.  Más granadas y explosivos que fueron usados para abrir boquetes en las paredes de los baños del tercer y cuarto piso, ese lugar donde se hallaban rehenes y guerrilleros.

Y afuera, en la plaza de Bolívar, mientras el reloj de la catedral Primada marcaba horas y horas, todo era especulación. Entre tanto, en medio de las paredes del Palacio, y del fuego cruzado, la confusión reinaba, a juzgar por lo que se escuchaba a través de Caracol Radio y como quedó registrado en el libro Confesiones:

– Viene un guerrillero, viene otro… – narró en voz baja y valiente un hombre que permanecía escondido debajo de la mesa.

– Cómo sabe que es guerrillero- preguntó Yamit Amat.

– Porque tiene las botas del ejército- respondió.

Otra voz puso un nudo en la garganta de los colombianos y en aprietos a Belisario Betancur:

– Soy Alfonso Reyes Echandía, presidente de la Corte Suprema de Justicia.

– ¿Cómo está la situación doctor Reyes?

– Mal, si no cesa inmediatamente el fuego moriremos todos. Estamos en este momento siendo apuntados por las armas de unidades del M-19.

Más tarde, en R.C.N. Radio, de nuevo Reyes Echandía suplicaba:

– Que el presidente de la Republica de finalmente la orden y que cese el fuego inmediatamente…

Otra voz, la del insurgente Alfonso Jacquin, lo interrumpió para lanzar una amenaza como último recurso en medio de las balas que no dejaban de sonar:

-Dígale que usted se va morir…

Y luego el guerrillero también se tomó el teléfono:

Oiga, es increíble, el presidente de la República no le ha querido pasar al presidente de la Corte y se va a morir.

Llegó la noche

Mientras los rehenes permanecían en el suelo para protegerse del fuego cruzado y de las explosiones y, con sus pañuelos mojados evitaban los efectos de los gases lacrimógenos lanzados por el ejército, el fuego comenzó a devorar el sótano, luego al primer piso hasta acabar con el último de ellos y sin tener piedad, tampoco las balas cruzadas, con los secuestrados y guerrilleros que se encontraban, la mayoría, en el cuarto nivel. De ahí que 94 cadáveres llegaran a la morgue totalmente carbonizados.

No valieron las suplicas del presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía, tampoco los llamados del presidente del Congreso, Álvaro Villegas Moreno, y de otros ministros que intentaron comunicarse con Belisario Betancur, que no solo no contestó, sino que entregó el mando de la operación al ministro de Defensa, general Miguel Vega Uribe, y al ejército con la instrucción de restablecer la constitución, como lo asumió ante varios micrófonos el comandante de la Escuela de Caballería, Luis Alfonso Plazas Vega, cuando se le preguntó sobre la decisión a tomar por parte de las fuerzas regulares:

– Mantener la democracia, maestro.

Olía a toma del Estado por parte del Ejército, a dictadura, pues la declaración de Plazas Vega, fue una de las pocas que se escucharon en la noche del 6 de noviembre, ya que, por orden de la entonces ministra de Comunicaciones, Noemí Sanín, se suspendieron las trasmisiones por radio y televisión.

Los colombianos habían alcanzado a escuchar a Luis Otero, quien dirigía la operación de la toma, en declaraciones a Yesid Reyes, periodista de Caracol Radio: “Nosotros necesitamos que el ejército deje de disparar o aquí nos morimos todos”. Al que no se pudo escuchar fue a Andrés Almarales, también líder del M-19, quien quiso hacer públicas las peticiones de los insurgentes a través de Mónica Rodríguez, periodista de Caracol Radio. Un intento que, a la larga, quizás llevó a la ministra a dar el ultimátum como se cuenta en el libro de Caracol Radio:

– O usted suspende la transmisión o yo cierro la emisora.

– ¿Dónde está la resolución? Preguntó Yamit Amat.

– No hay resolución, es una orden- dijo.

Y mientras, el presidente conservador parecía haber renunciado a su mandato.

Mártires

Entre el 6 y el 7 de noviembre, en 48 horas trágicas, el país no solo perdió mentes brillantes, también tuvo que apagar su justicia. La locura política de un grupo subversivo y la desmesurada respuesta de la fuerza pública no solo le robó la vida a Alfonso Reyes Echandía, también, entre el fuego y las balas, se esfumó la de Carlos Medellín Forero, Fabio Calderón Botero, Alfonso Patiño Roselli, Darío Velásquez Gaviria, Horacio Montoya Gil, José Eduardo Gnecco Correa, Ricardo Medina Moyano, Manuel Gaona Cruz y Emiro Sandoval Huertas, además de otros miembros de la rama judicial como el magistrado auxiliar Ricardo Medina Moyano y la funcionaria Fanny González Franco.

Al cabo de dos días de combate, 35 guerrilleros también pasaron a formar parte de la lista más dolorosa de la justicia colombiana, mientras el edificio de las leyes, incluida la proclamación de Santander, quedó reducido a escombros.

Todos ellos hacen parte de una lista que algunos afirman que llega a 100 víctimas. No las únicas si tenemos en cuanta que solo se contaron las que fueron llevadas al instituto de Medicina legal. Otro caso son las desapariciones; 11 en total fueron las personas que se vieron salir con vida del Palacio de Justicia, camino a la Casa del Florero, y en la que se encontraban funcionarios de la cafetería, dos visitantes ocasionales y la guerrillera Irma Franco.

Una tragedia que se pudo haber evitado, como la sucedida 8 días después en Armero, y que a la larga, desvió un posible juicio político al presidente Belisario Betancur por haber abandonado durante 48 horas su mandato.

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