Lectura Dominical

La primera gran tragedia aérea que estremeció a Colombia

Dicen que ya eran las tres de la tarde. Por entonces, eran pocos los que podían tener el tiempo al alcance de una mano, o colgado en un bolsillo, y ya la San Nicolás de Tolentino, esa iglesia con más de tres siglos de historia, había perdido la torre en la que se anclaba su reloj. De lo que si estaban seguros en Barranquilla, es que era domingo, el segundo del mes de junio, el día por el que tantas noches se habían desvelado. Lejos estaban de pensar, que más noches en vela estaban por llegar.

Sucede que aquella ciudad, por entonces con casi 80 mil habitantes, llevaba varios días preparando la más grande fiesta que se hubiera vivido a orillas del rio Magdalena. La misma villa que ya era señalada como la cosmopolita del país, ahora convertida en la puerta por donde entraba el progreso, y en busca de asegurar ese privilegio.

El festín tenía un motivo: contarle a la Nación que Barranquilla pedía ser puerto marítimo. Ya la ciudad era el principal puerto fluvial sobre el Magdalena y también dueña de un gran titular en los diarios: “Barranquilla, la ciudad que puso a volar a Colombia”, al ser el principal puerto aéreo latinoamericano. Ahora pretendía ser ese puerto marítimo que esperaría a las embarcaciones sin que estas tuvieran que parar previamente en el vecino muelle de Puerto Colombia.

El dueño de la invitación de honor a la fiesta, programada para ese domingo 8 de junio de 1924, fue el ministro de Obras Públicas Aquilino Villegas quien accedió al por entonces largo y caluroso viaje, algo que los ministros de aquellos días preferían declinar. Con él se pretendía enviar un mensaje a la capital: Barranquilla pedía los trabajos de canalización de Bocas de Ceniza, la desembocadura del Magdalena en el mar Caribe.

Aquilino Villegas llegó a Puerto Colombia a bordo de un vapor frutero que remaba desde Cartagena. Eso el sábado, porque al día siguiente, domingo, y trepado en un tren, llegó a Barranquilla donde era esperado por docenas de personas que hicieron parte de la manifestación programada para las cuatro de la tarde en el entonces Camellón Abello, hoy Paseo Bolívar.  

Pero aquella fiesta de domingo no pudo ser. La alegría de la gente en Barranquilla pronto se tornó en tragedia, la primera de carácter aérea que se presentaba en el país. Pasadas las dos de la tarde, o ya a las tres, según contaron los testigos con reloj, y los escritos que nunca se pusieron de acuerdo, un hidroavión que llevaba algunos minutos sobrevolando en la zona, dejando caer hojas donde se leía el nombre de “Bocas de Ceniza”, se vino a tierra golpeando su alerón derecho contra un alto árbol de ceiba plantado en una esquina de la entonces calle Santander, hoy calle 40 con carrera 41.

“La máquina dio una voltereta y en medio de una densa nube de humo se estrelló, estrepitosamente, contra unos palos de guayaba y almendra que había en el solar de la casa habitación de don Aníbal Glen”, escribió, hace medio siglo en El Heraldo, el periodista Juan Goenaga quien en 1924 era un estudiante que presenció la tragedia a unos 90 metros del árbol de ceiba.

Entonces, a Barranquilla se le oscureció el alma. Era por entonces, la arenosa, una ciudad con pocos barrios – El Prado y El Boston- que comenzaba a verse atravesada por el Dividivi, hoy Manuel Murillo Toro, buscando el barrio Centro, el principal de aquellos días.

Ernesto Cortissoz, el presidente de Scadta

Ernesto Cortissoz Álvarez-Correa, de barranquilla, había cumplido 39 años el penúltimo día del pasado diciembre, una edad por entonces considerada ya lejana de la juventud, y al parecer suficiente para haberlo hecho casi todo: No solo era el gerente del Banco de Crédito Mercantil -propiedad de su familia-, también de una fábrica de fósforos llamada El Cóndor, de la empresa del tranvía urbano y del acueducto de la ciudad. Además, de que su nombre aparecía en la lista de fundadores de la Cámara de Comercio, presidía la junta directiva del Club Barranquilla. Y había más, hizo parte del grupo que trajo el Beisbol a su ciudad. Todo eso, que no era poco, después de haber realizado sus estudios básicos en Bremen, Alemania, y de aprender inglés en Inglaterra, y francés e italiano en Suiza.

Aquella tarde trágica en Barranquilla, Ernesto Cortissoz era el presidente de la Sociedad Colombo Alemana de Transportes Aéreos (Scadta), firma a la que pertenecía ‘Tolima’, el avión que se prendió en llamas. Y también era el tipo al que los del barrio El Prado, donde residía, habían visto lanzar desde los aires las hojas de papel donde se promocionaba el nombre de “Bocas de Ceniza”. Fue la última vez que con vida lo vieron algunos de sus amigos; también sus hijos: Clarita, Cecilia, Enrique, Fernando y Ernesto quienes esperaron el paso del avión por encima de los jardines de su mansión. Un saludo a sus hijos, con su brazo extendido y su mano abierta saliendo por una de las pequeñas ventanillas del avión, mientras los pequeños corrían como queriéndolo alcanzar, resultó ser un último adiós.

Hellmuth Von Krohn, el piloto alemán

Antes de que se partiera en dos aquel trágico día, Ernesto Cortissoz atravesó la calle que separaba su mansión, de estilo neoclásico y que servía de gran puerta a la naciente urbanización del barrio El Prado, en busca de una casa de dos pisos en la que habitaba un alemán: Hellmuth Von Krohn, el jefe de pilotos de la empresa Scadta. Allí, juntos debieron ultimar detalles sobre el plan de vuelo que alzarían más tarde a bordo del Junker 13 marcado con el nombre ‘Tolima’. Luego tomaron el camino que los llevó al hidropuerto de Veranillo ubicado a unos cuatro kilómetros y a orillas del río Magdalena. Ya eran, se dijo, las dos de la tarde.

Hellmuth Von Krohn, no era un piloto más. Era veterano de la Primera Guerra Mundial, y había llegado a Barranquilla cuatro años atrás. El alemán, al que le faltaron dos meses para cumplir 33 años, era un tipo popular entre la gente, no solo en el Atlántico, también en Neiva, Cali, Bogotá y Girardot, población esta última a la que Von Krohn llegó marcando una nueva ruta, la que inauguró tras volar sobre el rio Magdalena.

Hidropuerto de Veranillo

Cuentan que el alemán era el rey de las acrobacias y al que no le faltaban, ya en tierra, sus buenas dosis de whisky en reuniones en las que debió contar, sentado en alguna de las mecedoras ubicadas en la terraza de su casa, que fue prisionero de los rusos, que fue el encargado de inaugurar la ruta Barranquilla-Cali, el primero en cruzar la cordillera Central y el primer piloto en trasportar a un presidente de Colombia: al conservador Pedro Nel Ospina.

Ese domingo 8 de junio, a orillas del rio Magdalena, en el hidropuerto de Veranillo, el alemán decidió la tripulación que haría parte del paseo en avión que serviría de antesala a la gran fiesta en honor al Ministro. Fueron cuatro sus acompañantes, más el mecánico, en ese avión desde el que se lanzaron los papelitos con el nombre de la obra que Barranquilla pedía. En tierra se quedó la tripulación colombiana, pues fueron solo alemanes los que hicieron parte de la elección de Hellmuth Von Krohn. Uno de ellos, Herbert Boy, recién llegado a la ciudad, le cedió generoso su plaza al barranquillero Ernesto Cortissoz.

El último vuelo del primer avión metálico

Albrecht Nickish Von Roseneck, agente viajero de la empresa alemana Breuer Moller & Co.; Fritz Troost, empleado del Banco Alemán Antioqueño; Christian Meyer, apoderado de la alemana Casa Fehrmann & Cia.; y el mecánico Guillermo Fischer, nacido en Colombia, pero de nacionalidad alemana, se subieron al avión junto a Hellmuth Von Krohn y Ernesto Cortissoz.  

Y a orillas del Magdalena se quedaron Arturo de Castro quien era socio de Scadta y el tipo que luego traería de Inglaterra el fútbol reglamentado a Colombia; y David Senior, quien desde hace doce años ya era el abuelo de Alfonso Senior, el futuro fundador del club Los Millonarios de Bogotá y futuro presidente de la Federación Colombiana de Fútbol. Fueron ellos dos, Arturo y David, los que vieron como aquel Junkers-13 alemán con matrícula A-16, dicen que el primer hidroavión metálico del mundo, alzó su último vuelo.

Hellmuth Von Krohn, el alemán que había escapado de los rusos durante la primera guerra mundial, voló sobre su casa y en segundos estuvo encima de la mansión de Ernesto Cortissoz en cuyo jardín dos niñas y tres niños corrían detrás del aparato volador. Luego Von Krohn dirigió la nave hacia el Camellón Abello, la entonces principal calle de Barranquilla, sobre la que empezaron a caer las hojas de la campaña “Bocas de Ceniza”.

Barranquilla y su gente miraban hacia el cielo, y vieron como el avión giró al callejón Francisco J. Palacio, hoy carrera 41, luego lo vieron sobre las entonces calles Bolívar y Obando. De pronto se escuchó un ruido, se vio humo, y entre la humarada Ernesto Cortissoz agitó sus manos desesperadamente. Luego todas las miradas apuntaron al árbol de ceiba…

El solar en el que cayó el avión de Scadta

Barranquilla llora

Ningún tripulante con vida. “Llegué en momentos en que el avión era devorado por las llamas. Oí desgarradores gritos, quejidos profundos, voces de angustia que salían del interior de la nave… agarré a un hombre que se retorcía espantosamente y que era el único que estaba a mi alcance (Fritz Troost, quien salió disparado del avión antes de chocarse con la tierra, y el último en perecer, a las pocas horas del siguiente día), me tendió sus dos manos…”, dijo, Luis Alfredo Fernández, un joven que se encontraba de visita en la casa vecina, y quien pasó al herido a los brazos de su primo.

“Me dirigí nuevamente hacia el aparato… las llamas lo rodeaban… Vi lleno de espanto que uno de los pasajeros sacaba una mano blanca y ensangrentada y con ellas me hacía señas desesperadas, y oí una voz quejumbrosa que me decía: ¡Amiguito…! ¡Sálveme…! Así contó su accionar el joven Fernández quien también dijo ser el primero en acudir al patio donde se consumió la catástrofe, al ya desaparecido diario de la capital del Atlántico La Nación, en su edición del nueve de junio de 1924.

María Glen, símbolo de vida

Una niña, María Glen, se convirtió en símbolo de vida en medio de aquella tragedia. No sufrió un rasguño, y eso que aquel avión, envuelto en llamas, cayó frente a sus narices. Era hija Aníbal Glen, el dueño del solar en donde terminó la maquina alemana, y estaba sola ese domingo, pues su madre, Flor Salcedo, hacía parte de esa extensa lista de curiosos que miraban al cielo buscando no perderse detalle del hidroavión.

Pese al milagro ocurrido a la familia Glen, Barranquilla fue un solo llanto, y su cielo se rompió, como si la lluvia fuera otro milagro, ese que ayudó a mitigar el fuego. Ya entonces, la casa de Aníbal, marcada con el número seis, a donde fue a aparar el avión, se llenó de millares de personas que quisieron ayudar. Muchos se treparon en el bajo techo de la casa y otros llegaron directamente a su solar. Todos, o casi todos, como muestran las imágenes de la tragedia, vestidos elegantemente con tonos claros y sin que les faltara un ‘tatarita’, ese sombrero que los protegió del sol, pero incapaz de alejarlos del dolor. Y entre todos ellos, el ministro Aquilino Villegas quien había esperado, a unos 270 metros, en el club ABC, el momento de la fiesta que no llegó.

A Ernesto Cortissoz lo velaron en casa de su pariente Enrique Correa sin que se enterara su esposa que cuidaba a su recién nacido hijo. A Von Krohn y a los tres pasajeros alemanes en el club Alemán, mientras el mecánico Fischer fue despedido por unos pocos amigos en la casa de su hermano Carlos, sin la última mirada de su esposa quien se encontraba de viaje por Alemania.

Al día siguiente, lunes 9, apenas los pocos relojes de la ciudad marcaron las ocho de la mañana, un desfile fúnebre atravesó parte de la villa, mientras algunas calles se tapizaron de flores que fueron arrojadas desde ‘Santander’, otro hidroavión de Scadta. Entonces, unas 20 mil personas se repartieron entre los cementerios Judío y Católico, esos dos lugares en donde fueron sepultados los mártires del primer accidente aéreo que sufrió Colombia, y del que nunca se supo sus verdaderas causas.

Un siglo después, apenas queda un casi olvidado y poco vistoso monumento en honor a los ‘Mártires de Bocas de Ceniza’, del que pocos saben su significado. Le quedó a Barranquilla su aeropuerto, el “Ernesto Cortissoz”, una infraestructura pequeña si se compara con la dimensión alcanzada por el empresario barranquillero que le da su nombre, y quien buscando una gran obra para su ciudad perdió la vida.

Bocas de Ceniza

En 1925, un año después de la tragedia, se iniciaron las obras de construcción de Bocas de Cenizas por parte de la firma norteamericana Ullen. Debido a múltiples variaciones en el proyecto que generaron sobrecostos, se finalizó el contrato con la empresa norteamericana, y entonces, el gobierno Nacional asumió la responsabilidad del proyecto.

Finalmente, el 22 de diciembre de 1936, el presidente de la República, Alfonso López Pumarejo, inauguró las obras realizadas en el canal de acceso al puerto de Barranquilla y las instalaciones del Terminal. Pero el puerto marítimo tiene problemas por la sedimentación. Por otro lado, Scadta dejó de llamarse así, y tras apartar al personal alemán, en 1940, se convirtió en Avianca, la segunda aerolínea más antigua del mundo, tras KLM.

Así, Barranquilla se confirmó como la Puerta de Oro de Colombia, y a través de ella entraron al país importantes adelantos tecnológicos como la radio, el cine, la televisión, la aviación, el ferrocarril, la navegación fluvial, entre otros, lo cual fue posible gracias a su condición natural de ciudad – puerto, y al triste llamado de “Bocas de Ceniza”.

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