
Iglesia de La Veracruz
Sus puertas están abiertas para todos, pero no son fáciles de abrir. El deterioro que llegó con el tiempo se apoderó de ella. De nada sirve que esta iglesia, el segundo templo más antiguo de Medellín, solo superado en 63 años por la Basílica de La Candelaria, haya sido declarada bien cultural de la nación en 1982.
En una ciudad, como muchas, que crece de espaldas a su historia, poco parece importar que sea la única iglesia de estilo colonial que exista en ella. Es pequeña, así la concibió en 1682 un grupo de europeos residentes en Medellín que inició su construcción, que tardó 30 años, bautizándola con el nombre de Ermita de La Veracruz de los Forasteros, y que sirvió de cementerio de extranjeros, además de celebrar misas, para depositar el santo sepulcro en Semana Santa y también para las procesiones de las letanías mayores cada 25 de abril. Algunos aseguran que su nombre se debe a que en ella se conserva un milimétrico trozo de la cruz donde murió Cristo. Ahí está, pero es un verdadero acto de fe verla de manera nítida.
Antes de la iglesia de La Veracruz que hoy vemos en el centro de la ciudad, hubo una primera edificación que estuvo en pie, en el mismo lugar, durante 79 años, y que se tuvo que demoler entre 1791 y 1803. La nueva obra que fue construida por alarifes, como llamaban a los albañiles, pues no eran días de arquitectos, fue inaugurada con verdadero fervor. Dicen que el español don José Peinado Ruiz la llenó de claveles, rosas y lirios que trajo de Rionegro, y hasta bañó todo el piso del templo con agua de colonia. Desde entonces, 1803, durante sus ya más de dos siglos, La Veracruz ha testificado el trascurrir de Medellín desde los días en que esta ciudad solo tenía 17 calles, 242 casas y seis iglesias.
Esta pequeña iglesia de La Veracruz, de corte colonial en su interior y fachada estilo barroco, ha tenido varias modificaciones: la elevación del techo, el remplazo de los postes de madera que separaban las tres naves por columnas circulares unidas por arcos; y hasta el despojo de una de sus campanas, para ser donada al sabio Francisco José de Caldas quien la mandó convertir en un cañón de guerra, dicen. En 1968 se instalaron sus columnas –que se habrían traído del cementerio San Lorenzo según sus custodios–, como parte de la remodelación de la plazuela que la custodia, y en la que se dio lugar a la primera pila de bronce que tuvo Medellín y en la que también fue restaurado el monumento a Atanasio Girardot quien fue vecino de esta parroquia. Ya en este siglo, en 2005, las piedras de la fachada, sin que no faltara polémica, fueron cubiertas para verla pintada de blanco.
Preservar tanta historia no ha sido fácil, pues la iglesia de La Veracruz parece alejada de los beneficios que le auguraba haber sido declarada bien cultural de la nación, el 12 de mayo de 1982. Hoy, por citar un ejemplo, su órgano que data de 1951, el más grande de su tipo en el país, se encuentra sin poder hacer sonar sus cuerdas hace ya seis años. Y a gatas se ha visto el párroco Rafael Gómez, contando y recontando las monedas de los feligreses, y endeudándose con un banco, para poder sumar las suficientes y mandar a remplazar el ya muy viejo sistema eléctrico que amenazaba con hacer saltar en chispas la iglesia. Un aguacero, en septiembre del 2022, prendió las alarmas.
Pero la limosna en esta iglesia se cuenta rápido. También el dinero que la fe recauda en las siete misas que se celebran en semana y las cuatro de los domingos, pues cada vez son menos los bautizos que se celebran en esta iglesia y menos las mujeres que vestidas de blanco llegan a ella a jurar amor eterno. Y es que hasta para los muertos es difícil llegar a esta joya arquitectónica ahora envuelta en una zona peatonal, sin acceso para vehículos fúnebres, rodeada de habitantes de la calle y prostitutas, algo que aleja a los feligreses.
El paso del tiempo ha puesto a prueba la fe de la iglesia de La Veracruz. Ojalá Medellín, no le siga dando la espalda a su memoria.

