Lectura Dominical

Y el tiempo se detuvo…

Durante nueve meses, los caminantes que se solían citar frente a la iglesia San Francisco, en el centro bogotano, no encontraron el entonces reloj más grande de la ciudad para saber si andaban a tiempo. El “raponazo” hecho a la San Francisco, en plena Séptima, a ese reloj que siempre da las horas mal, decían, ocurrió el miércoles 25 de septiembre de 1974. Había que repararlo, y por eso se lo llevaron.

Y no fue hasta el 23 de junio de 1975, hace 50 años, cuando aquel reloj regresó a su sitio. Ya era el medio día de ese lunes, que más parecía un domingo de peregrinación, cuando decenas y más decenas de bogotanos se pararon frente a la iglesia por más de tres horas para observar la izada del pesado reloj que había vuelto a su tradicional lugar para seguir marcando el tiempo. Fue así como muchos estuvieron a punto de sufrir una tortícolis de tanto mirar hacia la cúpula.

Ya habían pasado los nueve meses en los que el ‘Vornan’ alemán, con tablero de porcelana, permaneció en los talleres de Eduardo Rojas Zapata y de su alumno Luis Eduardo Yanke. Ambos, expertos en el tema, pues habían reparado no solo el reloj de la Catedral primada sino los que por entonces daban la hora a lo largo de la carrera Décima. Zapata y Yanke, entonces, durante esos meses dedicaron 10 de las 24 horas de sus días al ajuste de la máquina que había comenzado a retrasar sus horas, razón por la cual muchos de los curiosos que se dieron cita esa mañana en la Jiménez con Séptima comentaban, entre risas, que por culpa de la mala hora marcada por el gigantesco reloj perdieron citas y, decían, hasta posibles amores. La razón: el tiempo de la San Francisco no coincidía con el marcado en los relojes de mano.

Así contó el diario El Tiempo la noticia de la bajada del reloj de la iglesia San Francisco.

Y es que como dijo Gabriel García Márquez en su autografía Vivir para contarlo, las horas marcadas en la cúpula de la San Francisco servían para ajustar los relojes de mano: “Los hombres se detenían en la calle o interrumpían la charla en el café para ajustar los relojes con la hora oficial de la iglesia”.

Ocurrió que por muchos años, enamorados y comerciantes tenían como única referencia del tiempo el indicado en lo alto de la torre de la iglesia de San Francisco. Tanto, que olvidaban que desde el siete de diciembre de 1969, el vecino edificio del diario El Tiempo marcaba el propio con un reloj electrónico, “el de bombillos”, lo llamaban.

Para entonces, Bogotá seguía siendo esa ciudad en la que sus grandes relojes no se ponían de acuerdo: nunca coincidían en su hora, como ya lo había señalado Lucas Caballero Calderón ‘Klim’, en El Tiempo, 30 años atrás: “El de la Catedral marcha siempre con 10 o 15 minutos de ventaja sobre el de la iglesia de las Nieves, cual, a su turno, mantiene un invariable desacuerdo de media hora con el de San Francisco. Este nunca concuerda con el de la Capuchina, y desde luego el de la Capuchina jamás señala la misma hora que el de San Agustín”. Muchos parecían estar de acuerdo, señaló ‘Klim’, en que “el reloj de San Francisco se tiene en Bogotá, inmediatamente después del doctor Laureano Gómez, como punto de referencia para aludir a las cosas que andan mal”.

Descubrimientos

La bajada del reloj no solo sirvió para volver a marcarle la hora a todos, también para descubrir detalles del aparato que no se sabían. Por ejemplo, una inscripción grabada en la campana mayor del delicado sistema despejó dudas sobre su origen: “Este reloj con campana es donado para la iglesia de San Francisco por el Fray Nepomuceno A. Ramos y el Fray Rafael Almanza. Marzo 19 de 1896”. La leyenda estaba cubierta por una gruesa capa de pasta que a su vez estaba tapada por el polvo. Y polvo quedó hecha otra leyenda, la de que aquel reloj pertenecía a los militares.

Otros cayeron en cuenta que el número que marcaba las cuatro de la mañana, o de la tarde, correspondía a la numeración etrusca, inspiradora de la romana. Por eso, aquel cuatro está representado por igual número de I y no con el IV como lo indican los romanos.

Durante los nueve meses que el reloj de San Francisco permaneció en tierra, dividido en cuatro partes, más sus manecillas, se aprovechó para tomar su verdadera dimensión: 2.5 metros de diámetro midió su tablero de porcelana. El minutero marcó en las escalas una longitud de 1.18 metros y el horario 1.05 metros. Ambos, minutero y horario, tuvieron que pasar por pintura, al mate y al fuego. En esta labor colaboraron Saulo Glottmann, Gustavo Rodríguez y Ramiro Corrales quienes luego, en los talleres de Icasa, trabajaron en la pintura, esmalte y porcelanización del tablero y los punteros. También en la insignia de la Orden Franciscana (la mano de cristo y la de San Francisco) dibujadas en el centro del tablero, y su escudo que había sido borrado por un pintor de brocha gorda, eso en 1966, cuando hubo necesidad de una reparación porque al reloj le faltaba el pelo, y “con el pelo la cabeza, porque andaba loco”, señaló entonces el gran Klim.

Recostada en la torre de la iglesia, quedó una escalera dispuesta por el cuerpo de Bomberos para la labor, pero no fue utilizada. Sucede que solo soportaba un peso no mayor a 87 kg, y el tablero pesó 20 arrobas. Los curiosos se mofaban de lo sucedido, mientras hablaban de otro reloj distinto al que subían a la cúpula de la iglesia, uno más moderno y mucho más pequeño, el que dos días más tarde empezaría a contar el tiempo en el Tour de Francia, la famosa carrera ciclística que por primera vez tendría a un colombiano en la fila de salida: Martín Emilio ‘Cochise’ Rodríguez.

Con el ‘Vornan’ alemán (Bernard Vortmann) de nuevo en la cima de la iglesia, el tercero en llegar a esa misma altura, regresó la angustia de los enamorados a la vieja esquina bogotana, mientras Eduardo Rojas Zapata, de 42 años, con dos cicatrices en su rostro, marcadas por un ladrón que se llevó su reloj electrónico; el mismo que decía haber reparado más de 5 mil relojes, y quien como relojero a sus relojes, y sin perder un minuto, cogió el camino que lo llevó a la plaza de Bolívar en busca de la Catedral, o mejor, de su reloj que nuevamente no marcaba la hora exacta. Su diagnóstico del aparato, como casi siempre: “Una enfermedad que se llama falta de mantenimiento y abandono”, contó Eduardo al diario El Tiempo.

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En el año 2008, en la torre de la iglesia San Francisco, el tiempo nuevamente se detuvo, por fortuna no para siempre…

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