Lectura Dominical,  Postales

Teatro Teusaquillo de Bogotá

Eran interminables las filas que se hacían para entrar a su sala, algunas veces alrededor de la manzana, y otras, como un río humano corriendo desde la avenida Caracas, atravesando la calle 34, hasta desembocar casi en la carrera 13, en la misma puerta del teatro que parecían seis, y por la que entraban los 500 amantes del cine que tenían cupo en igual número de sillas, rojas, por cierto. Se llegó a contar que 45 mil espectadores, por mes, repartidos en sus tres funciones: matiné, vespertina y noche, asistían al teatro construido por el arquitecto español Ricardo Ribas Seva.

Eso en los días normales. Porque había otros en que la capacidad se aumentaba en 50 plazas más, ubicadas en el tercer piso, a donde subían políticos y artistas para sentarse de manera exclusiva en el teatro de la Metro Goldwyn Mayer que, además de una buena confitería, tenía fama de proyectar cintas sin censura. Claro que esa misma sala auxiliar fue la que en ocasiones utilizó el Comité de Clasificación de películas del Ministerio de Comunicaciones, donde tal vez se censuró alguna película de la que nunca se tuvo noticia.


No siempre fue así. Pronto se esfumaron, entre otras, esas funciones matinales de los domingos en las que se regalaban dulces mientras se hacía la fila, también alguna postal referente a la película que se proyectaba. No solo porque la Metro Goldwyn Mayer vendió su teatro Metro Teusaquillo a mediados de los años 1970, sino que a finales de los años 1980 y comienzos de la década siguiente, los teatros de la ciudad y del país, repartidos en barrios y más barrios, se vieron desplazados por los reproductores de cintas: primero los Beta y luego los VHS, además de las cómodas y seguras salas múltiples que llegaron con los centros comerciales. Lejos quedaron los días en que las entradas se vendieron con horas de anticipación.

La familia Lara


No fueron pocos los esfuerzos para salvar “El Teusaquillo”. Grande el que hizo la familia Lara por adquirirlo en 1996 a la Film Board, cuando el teatro ya había cumplido medio siglo. Mauro Lara Oña, nacido en la capital ecuatoriana, en 1939, murió a sus 69 años apostando por la sala que se ahogaba en las deudas. El hombre no era un aprendiz, siempre vinculado al mundo del cine, llegó a Bogotá en 1981 siendo gerente general de Fox-Columbia Pictures of Colombia.

Lara no vino de paso a Colombia, todo lo contrario, echó raíces y creó con su familia L.D. Films Ltda., esa empresa que durante casi diez años se dedicó a distribuir las cintas de Fox y a la caza del cine independiente, además de representar para el país a la firma 20th Century Fox. Y entre tantas tareas estaba salvar el viejo teatro bogotano, sin hacer oídos al sino trágico que decían tener, no solo por sus ya escasas entradas, también por el que recaía en uno de sus asientos. Resulta que una mujer murió degollada por su esposo en plena función. Solo cuando se prendieron las luces del teatro fue hallado el cadáver sobre una de sus sillas rojas.


Siete años después de haber adquirido el teatro, Lara lo heredó a su hijo Ómar quien remó apostando por el cine independiente hasta que este también se hizo comercial en las salas múltiplex y en los cientos de lugares donde se empezaron a comercializar de manera ilegal las películas en CD. Fue el fin del teatro inaugurado en 1938, no había manera de una siguiente función.

La del Teusaquillo es la historia repetida de los teatros bogotanos, a la que no escapó ni el legendario Salón Olympia, el primero en abrir sus puertas, en 1912. Se conservan, afortunadamente, el Faenza, inaugurado en 1924 y ahora bajo la custodia de la Universidad Central, también el Teatro Colombia, ahora Jorge Eliécer Gaitán, e inaugurado en 1940. Y se habló de un proyecto para recuperar el San Jorge, pero a pesar de haber sido aprobada la adjudicación de la licitación que permitiría su restauración, sigue siendo eso, un proyecto.

Y para ser justos con aquellos teatros bogotanos que tanto entretenimiento brindaron, es preciso intentar traerlos a la memoria. Como no recordar al México, Azteca, Bacatá, Bogotá, Cinemas 1, 2, 3, 4 y 7, Coliseo, Copelia. También al Cádiz, El Cid, Atenas, El Dorado, Lago, Patria, Lux. O ese Minuto de Dios anclado en predios del padre Rafael García-Herreros, como metidos en el gusto bogotano estaban el Mogador, Novedades, Palermo, Embajador, Esmeralda, Lido, Metro, Metropol, Santander, Ponce Sur, Sucre, Cinema Ricaurte, Opera, Tequendama, Tisquesusa, Radio City. Para todos había un teatro: El Roma, Trevi, Calipso, Santa Cecilia, Avirama, El Carmen, Iris, Kennedy, Santander, Ponce Sur, Sucre, Cinema Ricaurte, Aristi, Ezio, Las Cruces, Milán, Quiroga, Real, San Remo, Santa Lucía, Scala…

Del teatro Teusaquillo hay que contar que su fachada se conserva al ser patrimonio arquitectónico. Que ya no es el Metro Teusaquillo, o simplemente el Teusaquillo, tampoco está la familia Lara. Ahora es un portal futurista, así lo anuncian, llamado Panorama y en el que se presentan artistas, se realizan conferencias, eventos y al que sigue llegando público. Porque esas paredes ubicadas en la calle 34 y marcadas con los números 13-28, se niegan a estar solas a pesar del tiempo y de las modas.

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La imagen de portada fue captada en el año 1966, durante la proyección de la cinta Doctor Zhivago, basada en una historia ocurrida durante la revolución rusa, en la que el doctor Yuri Zhivago, quien fue criado por su tía tras el suicido de su padre, se enamora de la hermosa Lara Guishar. Ella, Laura, sostiene una relación con el amante de su propia madre, un empresario sin escrúpulos llamado Victor Komarovsky. Finalmente, su amor no es posible y el doctor Zhivago desposa a su joven prima. Pero años después Yuri y Laura vuelven a encontrarse y el deseo existente entre ambos renace. Un drama, por entonces censurado en otro teatros, pero no en el Teusaquillo.

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